El 20 de junio de 1973 el General Juan D. Perón regresaba a Argentina luego de 18 años de proscripción y exilio. Desde Madrid partió rumbo a Buenos Aires acompañado de una comitiva conformada por su esposa Isabel Perón, el presidente Hector Cámpora, los sindicalistas Rucci y Lorenzo Miguel y José López Rega –ministro de Bienestar Social– todos ellos hombres muy cercanos a Perón sobre todo el “brujo”. El líder peronista aterrizó en la base militar de Morón recibido por los Comandantes en jefe de las FFAA mientras que dos millones de personas se habían reunido en los alrededores de los bosques de Ezeiza, lugar elegido para realizar el acto de bienvenida. Esperaban el encuentro con el líder peronista.
Desde las primeras horas de la mañana, los hombres del teniente
coronel Jorge Osinde (como veremos más adelante, uno de los
organizadores de la represión) comenzaron un enfrentamiento desde los
palcos y el escenario disparando con armas largas sobre las columnas de
la izquierda peronista, representadas por la JP y Montoneros (la
Tendencia), en forma indiscriminada. La derecha peronista tuvo su “bautismo de fuego” en la Masacre de Ezeiza, montando un verdadero operativo de guerra.
Lo que se pensaba que sería una fiesta histórica del peronismo se
convirtió en una tarde de terror para el conjunto de las personas
movilizadas. Los acontecimientos en Ezeiza iniciaron una fuerte ofensiva
de la burocracia sindical y de los sectores más conservadores y
reaccionarios del peronismo buscando dar un golpe palaciego al Gobierno
de Héctor J. Cámpora. Su objetivo: neutralizar y disminuir la influencia
de los sectores de izquierda dentro del peronismo y aniquilar a la
vanguardia obrera y popular.
Los antecedentes de la Masacre de Ezeiza
Perón volvería al país para contener el ascenso obrero y popular –que se inició con el mayo cordobés– y terminar con las experiencias políticas que la vanguardia obrera venía desarrollando en las fábricas. La única carta posible que podía jugar la burguesía era la vuelta de Perón y fue el presidente de facto, Alejandro Lanusse, el encargado de abrir nuevamente el juego electoral al partido proscripto a través del Gran Acuerdo Nacional (GAN). No nos olvidemos que el peronismo es el partido burgués al que respondía políticamente el movimiento obrero y su burocracia.
Las ilusiones que despertaba el retorno de Perón en las masas se
había manifestado ya en los multitudinarios festejos de asunción del
Presidente Cámpora el 25 de mayo de 1973, ese mismo día el nuevo
gobierno liberó a los presos políticos de la dictadura producto de la
intensa movilización popular.
Los sectores representantes de la izquierda peronista habían ganado
influencia política dentro del Movimiento y del propio gobierno
camporista. Por ejemplo, tanto la gobernación de la Provincia de Buenos
Aires como la de Córdoba (entre otras), representadas por Bidegain y
Obregón Cano, eran aliadas de la Juventud Peronista. Los dirigentes
sindicales, por su parte, estaban incómodos con la campaña presidencial
que se estaba gestando en marzo del 73 y buscaron alcanzarle su
preocupación al líder exiliado sobre la presencia de “infiltrados” en el
Movimiento y el avance de la izquierda en los sindicatos. Perón,
quien oscilaba entre dar aire a los sectores más radicalizados y
apoyarse en los sectores ortodoxos según el momento político que
atravesaba, se apoyó en los primeros para facilitar su vuelta al país y
el retorno a la presidencia. Pero la “primavera camporista” no
detuvo el ascenso de la lucha de clases y se produjeron masivas tomas de
edificios públicos. Para el día 14 de junio más de 180 escuelas,
hospitales y Ministerios se encontraban tomadas por sus trabajadores.
Esta situación llevó a Perón a pactar, tiempo antes de su llegada al
país, con los sectores sindicalistas y las organizaciones de la derecha
peronista representadas tanto por el “brujo” como por Rucci. Esto
también explica porqué la Comisión Organizadora del acto de bienvenida
en Ezeiza estaba formada por el Secretario General de la CGT, Lorenzo
Miguel (Jefe de los metalúrgicos), la neofascista Norma Kennedy por la
rama femenina, el Secretario de Deportes y Turismo Jorge Osinde –que en
la práctica es quién dirigió los ataques desde una habitación del Hotel
Internacional de Ezeiza– y, por último, Juan Manuel Abal Medina
(Secretario general del Movimiento Peronista) único que tenía buenas
relaciones con la izquierda peronista. La relación de fuerzas desde esta
perspectiva era más que clara.
Los hechos
Mientras en la madrugada del miércoles 20 de junio las columnas peronistas se dirigían hacia el sur del Gran Buenos Aires, cerca de tres mil hombres armados hasta los dientes al mando de Osinde y del Jefe de la Policía, gral. Iñiguez, se apostaron en los alrededores del palco esperando la llegada de la JP y los Montoneros. El selecto grupo estaba integrado por parapoliciales, guardaespaldas sindicales y activistas de derecha que eran miembros regulares de las organizaciones de la derecha peronista: la Concentración Nacional Universitaria (CNU), el Comando de Organización (CdeO) de Brito Lima y la Juventud Sindical Peronista (JSP), recientemente creada por Rucci para competir directamente en el terreno de la JP. Todos ellos tenían la orden de disparar si las columnas avanzaban hasta ocupar los espacios más cercanos al escenario que correspondía a los primeros 300 mts, destinados para la gente llevada por los sindicatos que no alcanzaba las 200.000 personas, un número ínfimo si lo comparamos con la gente que llevó la JP.
En el transcurso del día se sucedieron una serie de episodios
confusos: balaceras, corridas, se cantaba el himno y, luego, volvían a
escucharse disparos. A partir de las 15 hs el ataque contra las masas
dispersas era evidente mientras el conductor del acto Leonardo Fabio
intentaba contener la histeria general. A las 16:20 Fabio repetía desde
el micrófono una vez más que Perón estaría pronto a llegar, cuando
minutos más tarde el avión descendía en la base de Morón. Aunque los
organizadores del acto aseguraron que el aterrizaje en la base aérea
había sido improvisado debido a la tensa situación que se estaba
desencadenando en los alrededores de Ezeiza, lo cierto es que ya se
sabía desde hacía horas que a Perón lo estaban esperando en Morón.
Incluso Miguel Bonasso cuenta en La Voluntad que antes de ir a
Ezeiza se cruzó en la Casa Rosada con Oscar García Rey – funcionario de
López Rega – quien le dijo que ni se gaste en ir al acto de bienvenida
porque Perón no iba a llegar nunca allí.
Las ambulancias del Ministerio de Bienestar Social tuvieron un rol
destacado en la represión. Fueron las encargadas de trasladar el
armamento hasta la zona (se utilizaron escopetas de caza, fusiles fal,
subametralladoras uzi, metralletas halcón, pistolas calibre 45, fusiles
de miras telescópicas, entre otra) y funcionaban como unidades
operativas de la CdeO, identificados con un brazalete blanco mientras
que la JSP usaban uno verde). En el palco los prisioneros eran golpeados
y tajeados mientras miles de palomas “de la paz” que iban a ser
utilizadas para la bienvenida de Perón volaron sobre el terreno de
enfrentamiento para generar distracción durante la balacera. La
descripción de la escena expresa el desconcierto y la confusión general.
Se había ocupado el Hogar Escuela Santa Teresa como base de operaciones
mientras que el Hotel Internacional se utilizó para la tortura de los
prisioneros, a cargo del jefe de Seguridad de Rucci, el negro Corea.
Por su parte el Automóvil Club Argentino (ACA) le brindó a Osinde y a
Iñiguez unas quince grúas, tres camiones y dos coches para coordinar
las comunicaciones del aparato de seguridad.
El SMATA, la UOM y la UOCRA fueron tres de los sindicatos que más
hombres brindaron al operativo. El SMATA particularmente ocupó la parte
izquierda del palco y controlaban la zona del Puente 12 bajo las
órdenes del pistolero Adalberto Orbiso quien fuera interventor del SMATA
en Córdoba luego del Navarrazo y, más recientemente, aliado de Massa y
del Frente Renovador en Morón en las elecciones del 2013. Al día
siguiente de los hechos, el SMATA publicó una solicitada reivindicando
los acontecimientos en Ezeiza y defendiendo abiertamente los ataques.
Esta costumbre del SMATA se mantiene hasta la actualidad. La lucha de
los trabajadores de Lear dio cuenta de que los sucios métodos de la burocracia sindical de los setenta continúan presentes en el sindicato liderado por Pignanelli.
Al día siguiente los medios más importantes hablaron de
enfrentamientos y peleas entre grupos antagónicos (ver La Prensa, Clarín
y La Razón del 20/7 y 21/7) cuando en realidad fue una emboscada
organizada con antelación por la derecha peronista y avalada por el
propio Perón. Los datos de Vertbitsky en Ezeiza hablan de un saldo de 13
muertos, 365 heridos y decenas de hombres torturados.
Perón no tardó en ubicarse del lado de los pistoleros y de la “patria
peronista”. El 21 de Junio habló por Cadena Nacional en televisión y,
sin repudiar los violentos ataques del día anterior, dijo: “Es
preciso volver a lo que fue en su hora el apotegma de nuestra creación:
de casa al trabajo y del trabajo a casa, porque sólo el trabajo podrá
redimirnos de los desatinos pasados. Ordenemos primero nuestras cabezas y
nuestros espíritus […] Por eso deseo advertir a los que tratan de
infiltrarse en los estamentos populares o estatales que por ese camino
van mal. Así, aconsejo a todos ellos tomar el único camino genuinamente
nacional: cumplir con nuestro deber de argentinos sin dobleces ni
designios inconfesables”. El mensaje no solamente buscaba interpelar
a los sectores del peronismo más radicalizados sino que también le daba
vía libre al accionar de los grupos fascistas para aniquilar la
vanguardia obrera y estudiantil.
Después de Ezeiza
La primavera camporista duro apenas 49 días, el 13 de julio el tío presentaría su renuncia siendo reemplazado por Raúl Lastiri -yerno de López Rega- hasta que en Octubre asumió Perón. En su tercera presidencia gobernó junto con los sectores más reaccionarios del Movimiento Peronista manteniendo muy buenas relaciones con la burguesía nacional. El General no estaba cercado, como solía justificar una y otra vez la “juventud maravillosa”, sino que tomó una decisión política: enfrentarse a las organizaciones de izquierda que le disputaban el poder a su viejo aliado sindical y organizar la represión obrera y juvenil utilizando dos vías: la legal y la clandestina.
La escalada de violencia fue in crescendo con la creación de la
Triple A, banda parapolicial creada por el Estado y organizada desde el
Ministerio de Bienestar Social. Según Ignacio González Janzen en La tripla A,
el debut de la banda fascista fue en Ezeiza aunque el primer atentado
reconocido por ellos fue en noviembre de 1973 cuando le colocan una
bomba al auto del senador radical Solari Yrigoyen.
El año siguiente fue testigo del fortalecimiento del giro a derecha
del gobierno de Perón con la reforma del Código Penal, la prohibición de
la ocupación de fábricas y la aprobación de la Ley de Asociaciones
Profesionales y el golpe policial cordobés conocido como el Navarrazo.
La Masacre de Ezeiza fue el huevo de la serpiente. En los dos años
siguientes el conjunto de organizaciones parapoliciales encabezadas por
la Triple A secuestraron y asesinaron a más de dos mil personas que
formaban parte de la vanguardia obrera y estudiantil del campo peronista
pero también del clasismo y la izquierda. Muchos de los integrantes de
la Triple A y del resto de las bandas se reacomodaron durante la dictadura
participando de los grupos de tarea organizados por las FFAA a partir
del ´76 o colaboraron desde los sindicatos con el nuevo gobierno militar
como recordó nostálgicamente Barrionuevo hace algún tiempo. También
hombres como Moyano - que comenzó su vida política y sindical en la JSP
de Mar del Plata acusada de perseguir militantes de izquierda en
coordinación con la Triple A y la CNU - mantiene su liderazgo sindical
hasta hoy. Otro de los casos más conocidos es el del actual titular de
la UOCRA que tuvo sus inicios en el área del espionaje.
Actualmente la mayoría permanece impune y, no sólo eso, sino que se
mantienen en las direcciones de los sindicatos reproduciendo las viejas
lógicas propias de los matones de los setenta. Por este motivo, la tarea
principal de la vanguardia obrera continúa siendo recuperar los
sindicatos para echar definitivamente a estos dirigentes sindicales que
continúan siendo leales a los intereses de los empresarios y gobiernos
de turno.


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