La cultura matriarcal en la era paleolítica
“Durante la era paleolítica, los hombres viajaban, cazando presa cada
vez más grande. Las mujeres formaron comunidades para cuidar de l@s
niñ@s y para cultivar comida. Fueron las que desarrollaron la
agricultura, y fueron l@s primer@s terratenientes. Echaron raíces en la
tierra, junto con sus hij@s y a su cultura tribal. Celebraron festivales
relacionados a los ciclos del nacimiento, de la muerte, de la
fertilidad y los ciclos de la naturaleza. Las mujeres desarrollaron una
sabiduría profunda en cuanto a las propiedades medicinales y curativas
de las plantas. Se convertieron en comadronas, sanadoras, sacerdotisas y
juezas.
Como no existía el matrimonio, la línea de la sangre seguía la
continuidad matrilineal. Fue a través de las madres que la herencia
pasaba a sus hij@s en forma de bienes materiales y sabiduría profunda.
Las mujeres vivían con una elevada sensibilidad hacia los ritmos de
la naturaleza, y, por supuesto, sus cuerpos. Desarrollaron tradiciones
para honrar a su menstruación, escuchar a sus cuerpos y responder a sus
necesidades. La cultura femenina se organizaba alrededor del ciclo
sagrado de la mujer y los ciclos sagrados de la Madre Tierra.”
( Hemitra Crecraft, “Women’s Rites of Passage”. )
 |
Diosas serpientes de Moldavia, Romania
( s. 4800-4600 A.C ) |
En general, se entiende por matriarcado a las sociedades
donde un grupo de mujeres tiene en sus manos el poder político,
económico o religioso. La existencia de comunidades de este tipo a lo
largo de la historia de la humanidad ha sido, y sigue siendo, un asunto
muy controvertido. El consenso aún está lejos de alcanzarse, y los
debates sobre este amplio y complejo tema se mantienen acalorados.
La mayor parte de los especialistas alega que no existe ninguna
evidencia arqueológica ni etnográfica que permita afirmar que las
mujeres dominaran y explotaran a los hombres en alguna sociedad del
pasado. El que se hayan descrito religiones donde aparecen diosas,
insiste la mayor parte de los especialistas, no evidencia
automáticamente una dominancia femenina.
De hecho, las múltiples investigaciones emprendidas hasta ahora no
han podido demostrar que en la historia de la humanidad hayan existido
sociedades matriarcales como si fueran una imagen de contrapunto a las
patriarcales. Recordemos que por patriarcado se entiende una forma de
organización social en la que los hombres ejercen la autoridad en todos
los ámbitos; dominan a las mujeres y se aseguran la transmisión del
poder y la herencia por línea masculina. Se conocen numerosas sociedades
patriarcales, tanto actuales como del pasado, aunque el grado de
desigualdades entre los sexos es muy variable.
La profesora de Arqueología y Prehistoria de la Universidad Jaume I de Castellón, Carmen Olària,
ha señalado que la organización social que podemos atribuir a las
primeras comunidades humanas paleolíticas es la de tribu o clan. Se
trataría de sociedades tejidas con un sistema igualitario en las que es
muy probable que las relaciones sexuales se mantuvieran comunalmente.
Los lazos de parentesco serían entonces exclusivamente matrilineales, ya
que sólo la mujer podía reconocer a su propia progenie. Este hecho
lleva a creer como más plausible la existencia de un matrilineado en vez
de un matriarcado durante el Paleolítico. Por su parte, la arqueóloga
Encarna Salahuja sugiere que las sociedades no patriarcales, de las que
sí hay evidencias, no deberían denominarse matriarcado, sino sociedades matristas o sociedades con autoridad femenina.
En suma, actualmente un colectivo apreciable de expertos considera que la palabra matriarcado
sólo podría usarse con propiedad para definir una comunidad en la que
las mujeres dominen y exploten a los hombres, pero no cuando pueden
compartir con ellos el poder. Y no existen evidencias sólidas sobre una
sociedad en la que una jerarquía femenina controle todos los aspectos de
las vidas y actividades de los hombres. Por esta razón, el término
matriarcado como descripción de las culturas prehistóricas es
mayoritariamente rechazado.
Sin pretender profundizar demasiado en esta controvertida cuestión,
hay que anotar que el estudio pionero sobre sociedades del pasado
dominadas por mujeres se debe al antropólogo Johann J. Bachofen (1815-1887). En 1861, este autor publicó un libro titulado El derecho materno (Das Mutterrecht),
que tuvo un notable impacto en el pensamiento de su tiempo. Inspirado
en los mitos griegos, Bachofen creía que la cultura europea temprana
había pasado por tres estados básicos sucesivos. En el primero,
caracterizado por la barbarie, ningún sexo controlaba nada porque el
control no existía. En el segundo estado, la autoridad, tanto en la
familia como en la tribu, estaba en manos de las mujeres y reinaba la
promiscuidad sexual; debido a la dificultad para establecer con certeza
la paternidad, la filiación sólo se realizaba por línea femenina. El
tercer y último estado surgió más tarde, cuando estas ginecocracias
fueron reemplazadas o convertidas en patriarcados y la humanidad alcanzó
un alto grado de organización.
Es evidente que Bachofen calificó a las sociedades controladas por
mujeres como un tiempo de escasa civilización. De hecho, consideró que
su final seguido por el desarrollo del patriarcado marcó el triunfo de
cualidades masculinas como la racionalidad y el orden sobre cualidades
femeninas inferiores, del tipo de lo emocional y el desorden. No hay que
pasar por alto que, como apunta la experta arqueóloga Joan Marler
(2006), lo que describía J. J. Bachofen se ha asociado usualmente con
el concepto de matriarcado, pero él nunca usó tal término pese a
sostener la existencia en el pasado de sociedades controladas por
mujeres. En esta línea, también hay que subrayar que si bien Bachofen
fue el primero en reconocer científicamente la existencia de sociedades
con dominio femenino, se ha prestado mucha más atención a su concepción
de la superioridad masculina.
Hoy en día, como decíamos más arriba, la disputa en torno a la
distribución del poder en las sociedades del pasado está aún lejos de
cerrarse. Un número sustancial de estudiosos sostiene que,
independientemente del término que usemos —matrilineal, matrista o el
más discutido matriarcado—, con los datos disponibles en la mano es
difícil negar que en las sociedades del Paleolítico Superior las mujeres
tuvieran un papel significativo. La mejor prueba de ello es el de una
iconografía casi exclusivamente femenina.
Las estatuillas paleolíticas
o algunas pinturas descubiertas en las cuevas donde los abundan
símbolos femeninos, podrían ser un valioso testimonio de que en aquellas
sociedades se rendían honores a las mujeres y a sus actividades. En
otras palabras, las interpretaciones más recientes reflejan que las
mujeres en el Paleolítico eran importantes y que probablemente ocupaban
una posición medular en sus tribus o clanes. Pretender relegar esa
centralidad hasta hacerla invisible, no cuenta con el apoyo de los datos
empíricos actuales. Una incursión que sólo puede conducir, como ha
ocurrido en más de una ocasión, a graves errores.
En esta línea, cada vez son más los estudiosos que paulatinamente han
ido abandonando la vieja y caduca idea de que la opresión y la
marginación de las mujeres es un hecho natural que ha existido desde los
orígenes de la humanidad. Autoras como Encarna Sanahuja, y muchas
expertas más, consideran probable que durante la mayor parte de nuestra
larga prehistoria nuestros antepasados vivieran en grupos colectivos en
los que disfrutaban de una relativa igualdad entre los sexos. La
situación de sometimiento de la mujer sería, por tanto, un constructo social, un producto de la organización de las sociedades modernas.
Nos parece obligado recordar que, en muchas ocasiones el «actualismo»
ha invadido la ciencia, y por lo tanto hay que ser prudentes ante las
generalizaciones basadas en la universalidad de presente. En coherencia,
no podemos interpretar el comportamiento humano basándonos en conductas
seguidas en los últimos diez mil años, sólo porque de esta época
tenemos datos fiables y de los tiempos restantes la información se
vuelve más y más borrosa a medida que se adentra en el pasado.

Así pues, siguiendo investigaciones recientes, no resulta
descabellado afirmar que en tiempos lejanos muy bien pudieron existir
culturas igualitarias en las que mujeres y hombres desempeñaban sus
actividades conjuntamente, compartiendo el esfuerzo para la
supervivencia del grupo. Día a día crecen las evidencias que muestran
que han existido comunidades en las que las mujeres tuvieron un papel
considerable; mucho más relevante del que tradicionalmente se les ha
adjudicado. Los trabajos de diversas investigadoras, y también
investigadores, están proporcionando un sólido marco que refuta esa
trama de creencias tejida durante siglos y fundamentada en la
universalidad de las estructuras sociales dominadas por los hombres.
No hay datos que indiquen de manera indiscutible que el domino
masculino sea una condición universal inevitable. Pero además,
suponiendo lo improbable, que históricamente las mujeres nunca hubieran
estado al mismo nivel que los hombres, ello no restaría urgencia ni
viabilidad a la necesidad actual de luchar por la igualdad completa
entre los sexos. No es necesario entroncar históricamente ese reto con
ninguna realidad anterior para reivindicar algo que, por justicia, debe
existir en la sociedad. Y terminamos con las palabras de la arqueóloga Cynthia Eller
(2000): «la historia reciente, tanto tecnológica como social, prueba
que la innovación es posible (…), no estamos condenados para siempre a
encontrar nuestro futuro en nuestro pasado».